Entrevista a Dieter Rams

Jardín de Dieter RamsA finales de verano tuve el inmenso privilegio de entrevistar a Dieter Rams en su casa de Kronberg. El Instituto Goethe, responsable de las gestiones de la visita y al que quiero dar las gracias, me había informado que sólo disponía de una hora.

La vivienda de los Rams está a pocos kilómetros al norte de Frankfurt, en una ladera entre los majestuosos bosques del Taunus. El diseño industrial empezaba a aflorar. Mientras conducía, recordé que estas montañas dieron nombre a una longeva serie de automóviles Ford.

Hacía una mañana espléndida. Toqué con nerviosismo el timbre y pronto apareció un sonriente Dieter Rams.

Permítame decirle, que tiene Vd. un magnífico aspecto.
— Gracias, ¡Tengo mucha suerte! La vejez del dios fresca y verde — rió, citando el elogio de Virgilio a Caronte.—

Me invitó a pasar a un jardín de varias alturas dominado por una piscina. Los volúmenes de la casa recordaban a Richard Neutra y contrastaban con la presencia de suisekis, alguna maceta kintsugi y sobre todo, unos magníficos bonsais.

Su jardín es claramente de influencia japonesa. ¿Cómo empezó su relación con Japón?
— He tenido la fortuna de haber viajado mucho a Japón; sobre todo en la época en la que trabajaba en Braun. En cada viaje aprendía aspectos nuevos de su cultura que incorporé para siempre a mi forma de entender la vida. Cuando decidí construir mi casa, tenía claro que quería tener un jardín como este.

— Vd. mismo proyectó y construyó esta casa. Veo que le dio gran protagonismo a la piscina. Me llama la atención, dado el clima de esta zona.
— La uso todos los días del año. Invierno y verano. Una de las cosas que descubrí en mis viajes a Japón fue el ritual Masogi. Consiste en abluciones con agua muy fría para purificar el cuerpo y el alma. Cada mañana, al alba, lo primero que hago es bajar desnudo a la piscina. Hay que hacerlo enérgicamente, por lo que los vecinos se quejan continuamente del ruido del chapoteo y mis guturales gritos de purificación. Alguno me ha querido denunciar. La verdad es que este hábito me ayuda mucho a empezar el día con mente y cuerpo alineados. Aparte, me sirve para incordiarles un poco.

— ¿Incordiar a los vecinos?
— Los terrenos donde se asienta esta casa eran propiedad de Braun. A finales de los años 60, la compañía tenía un magnífico plan para edificar viviendas para directivos y apartamentos para visitantes. Yo estaba entusiasmado y compré mi parcela. Pero finalmente, por razones que me reservo, no se llevó a cabo. El ayuntamiento de Kronberg compró los terrenos y empezó a construir sin ninguna sensibilidad. Yo decidí quedarme. No quería vivir en otro sitio. Pero como puede ver, estoy rodeado de edificios altos de dudoso gusto que me restan privacidad y luz. Por no hablar de los ruidos que generan los vecinos y los chavales. Hubo una época en la que me deprimí mucho. Soy muy sensible a la mala arquitectura.

— Ya que lo menciona, siempre pensé que con Vd. perdimos un arquitecto y ganamos un diseñador.
— Es verdad que me gusta mucho dibujar; también jugar con la luz y el espacio. Quizás hubiera podido ser un buen arquitecto o paisajista. O quizás no. Quién sabe. Es evidente — ríe — que con la salvedad de esta casa, no lo he sido.  Uno acaba siendo especialista en algo más por azar, que por una decisión consciente. 

Pasamos al interior, donde me da la bienvenida una encantadora Ingeborg Rams. Era la fotógrafa de producto en Braun y allí se conocieron en 1957. Están juntos desde entonces. Mientras nos sentamos en unas sillas Thonet, prepara unos cafés.

El interior es un espacio amplio y luminoso dominado por el color blanco. Se ven pocos objetos, pero todos con mucho significado aparente. Es un auténtico delirio para cualquier conocedor de la obra de Rams. La mayoría del mobiliario consiste en sus piezas diseñadas para Vitsoe, como las estanterías 606, o los sillones 620… Aparatos hi-fi en perfecto estado de revista: un TG60 por allí, un SK4 por allá… Dejo de mirar porque me empiezo a marear.

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— ¿Le gusta vivir rodeado de sus propias creaciones?
—  Me encanta mi casa. Yo crecí en la posguerra de Alemania del Este; me acuerdo mucho de aquellos años.  Todos estos objetos me recuerdan lo afortunado que soy, lo que hice y amé en la vida. Aunque si presta atención, también verá cosas que no son mías.

— Como por ejemplo el curioso cayado que usa… ¿De quién es?
  ¿A que es precioso? Está hecho de caoba y arce. Lo hizo Nanna Ditzel. Me lo regaló a finales de los 50, y ahora debo usarlo en mis paseos. Me recuerda a ella, a nuestras charlas interminables. Todavía se fabrica, ¡Vd. puede tener uno igual! — ríe —

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— Ha diseñado muchos equipos de alta fidelidad y radios. ¿Es la música importante para Vd?
—  Tuve la suerte de vivir la época dorada del sonido analógico, la de finales de los 60 y principios de los 70. Un tiempo irrepetible e insuperable técnicamente. Se llegó al cénit de lo que se puede conseguir. La llegada del sonido digital lo cambió todo.  En cuanto a escuchar… A pesar de haber diseñado tantos aparatos de audio, le confieso que prefiero el silencio. Necesito tranquilidad y silencio para trabajar y vivir. Aunque, cuando vienen amigos, puede que pongamos algún disco de Heino, Roy Black o Udo Jürgens para recordar viejos tiempos. Dicho esto, no me considero un nostálgico. Por ejemplo, me encantaría experimentar con los nuevos visualizadores fluorescentes de vacío aplicados a la alta fidelidad.

— Dice que no es nostálgico, pero no veo nada que tenga menos de veinticinco años en esta casa.  ¿No le interesa el diseño contemporáneo?
—  Por supuesto que me interesa. ¿Por quién me toma?

— Sí, pero …. ¿podría ponerme algún ejemplo?
—  Claro que sí. Me parece muy interesante lo que está haciendo últimamente Konstantin Grcic. Al igual que siento una debilidad especial por las piezas de Naoto Fukasawa; de una delicadeza conmovedora. Y qué decir de Jasper Morrison, alguien que se preocupa mucho por la elegancia y la discreción, aspectos con los que me siento plenamente identificado como bien sabe. Todos ellos tienen una cosa en común: diseñan en un mundo saturado de objetos, muy diferente al que conocí yo. Tienen mucho mérito.

 ¿Y Apple?
— También. Es fantástico lo que hacen. Mire, cuando yo empecé Alemania dominaba el diseño industrial, luego llegaron los japoneses cargados de innovaciones técnicas que enmudecieron a todos. Ahora son los americanos quienes lideran. Aunque no sé por cuánto tiempo.

 ¿Cómo vivió la irrupción de Sony?
—  Aunque nos arrasaron técnica y comercialmente, les admiro. Admirar es envidiar sin remordimientos — esboza una media sonrisa —. Fue como un vendaval, nos dejaron alucinados con sus avances. No podíamos competir con semejante poderío. Tuve la suerte de conocerles bien y durante años mantuve amistad con varios de ellos, incluido Akio Morita.

Acabado el café, Rams me conduce a otra parte de la casa separada de la zona habitable. Su espacio de trabajo consiste en un estudio y un pequeño taller. La sensación de silencio, orden y pulcritud es sobrecogedora. Mientras me muestra algunos libros y bocetos, me estremezco al pensar las cosas que han podido salir de aquí.

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taller dieter rams

Me gustaría preguntarle por su archiconocido decálogo. No sé si es consciente de la influencia que tiene.
— Soy consciente y estoy orgulloso de él, porque creo que ha envejecido bien. Me preocupé mucho de que fuera lo más genérico, abstracto y atemporal posible. Creo que no ha perdido vigencia y que resulta perfectamente válido hoy para diseñar cosas impensables en el momento de escribirlo.

—  Le han dedicado a Vd. exposiciones, libros magníficos, ensayos, tesis doctorales, documentales, simposios, retrospectivas…. Pocos creadores  han disfrutado de tal reconocimiento en vida.
—  Es abrumador y me halaga enormemente. Me gusta pensar que es un reconocimiento a toda una vida dedicada a crear cosas útiles para las personas. Yo he sido diseñador industrial, en el más sentido estricto del término. Durante cuarenta años hicimos de todo: desde equipos de alta fidelidad, a cafeteras, pasando por máquinas de afeitar o trituradoras de alimentos. Eso sí, echo en falta más protagonismo para mis compañeros de viaje. Por ejemplo, no hay libros dedicados a los ingenieros, científicos o trabajadores de Braun. Podría parecer que lo he hecho yo solo todo y eso no es así. ¿por qué no le dedican espacio a todas estas personas?.  

– ¿Es un defensor entonces del trabajo en equipo?
–  Sin duda. ¿Qué cree Vd. que hubiera sido de Apple y Steve Jobs sin Steve Wozniak? ¿Y de Akio Morita en Sony sin Masaru Ibuka ni Kazuo Iwama? ¿O de mí sin Erwin ni Artur Braun? Por no hablar de los cientos de trabajadores, ingenieros, mecánicos, químicos y colaboradores que todos hemos tenido. Crear significa intentar agarrar algo en la oscuridad, abandonar los puntos de referencia, enfrentarse a lo desconocido. Hay que ser tenaz, insolente y terco. Yo no veo como hacer esto solo.

– Hay muchos diseñadores que menosprecian la parte de fabricación, construcción o implementación.
– Así es. Siempre me ha sorprendido lo poco que importa el proceso de fabricación de un producto, incluso a muchos diseñadores. Y desconfío de esa división entre los que diseñan y los que hacen, porque en mi cabeza ambas facetas son indisociables. Yo he estado siempre a pie de fábrica, hablando y aprendiendo de unos y otros. 

—  Vd. estudió en la escuela de arte de Wiesbaden, luego trabajó en el estudio de Otto Apel, fue mimado por la escuela de Ulm… Hoy en día, la gente es autodidacta, especialmente en campos como diseño o tecnología. Las generaciones actuales sienten un cierto rechazo y escepticismo ante la formación reglada.
—  Es cierto que siendo autodidacta se pueden aprender muchas cosas. No sé muy bien si por autorevelación, introspectiva… Pero no es menos cierto, que los autodidactas aprenden muy mal conceptos que un buen maestro les hubiera enseñado muy bien. En general, sospecho mucho de los autodidactas, especialmente de los que alardean de ello. Hay muy malos maestros también, obvio. No olvide que cuando alguien no sabe hacer una cosa, la enseña. Y cuando no la sabe enseñar, teoriza sobre ello.

¿Tal vez por eso ha creado su fundación?
— Es mi pequeña contribución, sí. Tengo mucha fe en que la Fundación Dieter & Ingeborg Rams proporcione unos sólidos fundamentos a las nuevas generaciones de diseñadores.

Ingeborg apareció por la puerta y me hizo un amable gesto. Me di cuenta horrorizado que el tiempo y la entrevista se habían acabado. No quería ser desconsiderado, pero me atreví a lanzar una última pregunta.

— Disculpe la falta de tacto, pero ¿cómo le gustaría que le recordaran? ¿Cuál le gustaría que fuera su legado?
— ¡Desde luego no me gustaría acabar convertido en un diamante como mi querido Luis Barragán!.— suelta una gran carcajada —.  No se preocupe, hablar de la muerte no es para mí ningún tabú. Epicuro decía que mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos.
He donado a la fundación esta casa con todo lo que hay dentro: objetos, papeles, archivos… toda una vida. Cuando fallezcamos mi esposa y yo, se convertirá en un museo. Deseo eso sí, que Ingeborg muera primero. Me ayudaría en mi duelo el saber que se ahorró el sufrimiento por mi ausencia.

Y aquí terminó mi encuentro con Dieter Rams. Tras despedirnos, conduje de vuelta a Frankfurt con un deje amargo, lamentándome por preguntas no realizadas y sensación de no haber aprovechado mejor el tiempo. Pocos días después, recibí una cordial postal de los Rams agradeciéndome la visita. Sin duda, un recuerdo muy especial de aquella mañana de verano.

 

[N.d.A.: Esta entrevista es un puro ejercicio de ficción en el que he escrito tanto las preguntas como las respuestas, basándome en hechos reales. Hay unas pocas veleidades que el lector avezado sabrá detectar. Las fotografías son de Philip Sinden]

 

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