EE.UU. y el Nachkriegsboom

De 1945 a 1973 se produjo el mayor crecimiento económico de la historia. Fue una anomalía en la historia del mundo. Una época excepcional que quizás nunca vuelva a producirse. Los historiadores económicos se refieren a este Nachkriegsboom como la época dorada del capitalismo.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se erigió como la gran potencia mundial. Instauró una pax americana instrumentalizada mediante un hardware (asumiendo el mando del poder militar de Occidente creando la OTAN) y un software (acuerdos de Bretton Woods).

No hay mejor testigo de ese tiempo de prosperidad y progreso que las páginas del Reader’s Digest. Esos años que el primer ministro británico Harold Macmillan resumió en una frase lapidaria: “Jamás os ha ido tan bien”.

Selecciones del Reader's Digest

DeWitt Wallace fundó la revista en 1922 mientras se recuperaba de las heridas sufridas en la Primera Guerra Mundial. Ya entonces la sociedad se enfrentaba, como hoy, a una saturación de contenidos y poco tiempo para disfrutarlos. Era la época dorada de los periódicos y las revistas ilustradas.

Wallace tuvo la genial idea de crear una pequeña revista mensual que recopilara los mejores artículos de otras publicaciones, resumiéndolos incluso si eran muy largos. Sería el equivalente a una newsletter de hoy en día. En aquellos años, la población de Estados Unidos era eminentemente rural con poco o nulo acceso a la cornucopia de contenidos disponibles en los kioskos de las grandes capitales. Con la radio y televisión todavía desplegándose, estar suscrito al Reader’s Digest era tener una ventana al mundo.

En cierto modo, la historia es muy parecida a la de Netflix. Ambos nacieron con el mismo modelo de negocio (suscripción), redistribuyendo físicamente contenidos de otros (revistas en un caso, DVDs en el otro), para con el tiempo generarlos por cuenta propia. Incluso encargándoselos a los mejores autores del momento.

La revista fue un éxito instantáneo que acabó convirtiéndose en fenómeno global. En su apogeo era la más leída en el mundo, convirtiendo en multimillonarios a Wallace y a Lila Bell, su mujer y parte importantísima de la compañía. La empresa no sabía qué hacer con tanto dinero. Destinaron gran parte a la filantropía y a cuidar a sus empleados, que llegaron a ser tres mil quinientos. Muchos de los beneficios que tenían los trabajadores harían palidecer a muchas startups de Silicon Valley.

Se llegó a editar en más de setenta países, con cuarenta y nueve ediciones en veintiún idiomas, incluido el braille. La edición en español apareció en diciembre de 1940. Al mando estaba el colombiano Jorge Cárdenas Nanneti y la sede se estableció en el barrio del Vedado en La Habana, Cuba. El reto que tenían por delante era titánico: lograr una única traducción que fuera inteligible por todos los hispanohablantes.

Lo consiguieron. El resultado bien podría merecer el título de “español internacional”. Resulta de una perfección, elegancia y sutileza admirables. Un festín para los amantes de la lengua. No fue fruto del azar. Nanneti y su equipo diseñaron un sistema que pudiera ser utilizado cuando ellos ya no estuvieran. Dotó de coherencia, estructura y estilo durante décadas a los contenidos. También sentían el deber moral de hacer frente a la amenaza que suponía el inglés como idoma global. Fue como meter un profesor de español en cada hogar.

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La revista podía ser leída por toda la familia. Tenía un cómodo formato de bolsillo y era ilustrada. La calidad de la impresión, maquetación y encuadernación eran notables. Sus páginas mostraban el progreso y prosperidad de la sociedad estadounidense, su influencia creciente en el mundo. El tono editorial era conservador, amable y paternalista, con cierta moralina.

Cada número contenía treinta artículos, uno para cada día del mes. Las secciones fijas forman parte del acervo de sus lectores: “Así es la vida”, “La risa remedio infalible”, “Citas citables”, “Mi personaje inolvidable”, “Enriquezca su vocabulario”, “Instantáneas personales”

En cuanto a los artículos propios o de otros, siempre tenían un título muy potente y atractivo pudiéndose agrupar en cuatro tipologías:

  • Progreso y superioridad norteamericana: “Lo que América debe a las gallinas”, “Por qué son necesarias las pruebas nucleares”.
  • Morales o religiosos: “Un hogar construido a base de oraciones”, “El corazón de un extraño”.
  • Testimonios personales: “He mandado a mi padre a un asilo”, “La forja de un cirujano”.
  • En clave de humor: “La siniestra vida de un zurdo”, “La vaca Elsie, una gran actriz”.

Otro placer de estos pequeños libros es asistir a la evolución de la publicidad. Un auténtico curso de márketing y diseño gráfico. Probablemente muchas de las páginas de publicidad fueron creadas por estudios o freelances de Madison Avenue en Nueva York, tan bien retratados en Mad Men.

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La revista se sigue editando hoy en día y aún se puede comprar en los kioskos. Aunque ya poco tiene que ver con el espíritu inicial de su época gloriosa. Tras morir el matrimonio Wallace, fue pasando por las manos de varios fondos de inversión que destrozaron la cultura de la empresa. La televisión, radio, cine e Internet hicieron el resto.

Bola extra:

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No todo eran jardines con begonias. Mucha gente no fue invitada a la fiesta. En las ciudades americanas existían personas y acontecían visicitudes que jamás aparecían en las páginas del Reader’s Digest.

Numerosos autores dieron cuenta de esa realidad paralela. Desde Upton Sinclair con The Jungle a James Baldwin con Go tell it on the mountain. Recomiendo aparte dos libros más:

  • The lost weekend (Charles R. Jackson, 1944). Ambientado en el Manhattan de entreguerras. Quizás uno de los mejores retratos del sisentido de la vida en una gran ciudad de la clase media urbanita, con el alcoholismo como telón de fondo.
  • The man with the golden arm (Nelson Algren, 1949). La bajada a los infiernos de un adicto a la heroína en los tugurios y callejones del Chicago de los años 40.

Ambas fueron llevadas al cine con gran éxito convirtiéndose en clásicos. La primera por Billy Wilder (The Lost Weekend, 1945), una de sus películas negras con la memorable banda sonora de Miklós Rósza, quizás la primera vez que se escuchó un Theremin en una película. Y la segunda por Otto Preminger (The man with the golden arm, 1955) con los vanguardistas títulos de Saul Bass.

Son grandes películas y hacen justicia a las obras originales. Pero los libros son aún más crudos y contienen muchos más matices que no fueron incluidos.

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