El maletín de R.d.M.

Las orillas del mar y las aceras de las ciudades se parecen mucho. En ellas, de cuando en cuando, aparecen objetos que convierten un modesto paseo en feliz acontecimiento.

Hace tiempo, una noche en la que ardían silenciosamente las estrellas, yo rescaté de un triste contenedor el que fue maletín de viaje del señor R.d.M.  Encontrar de manera tan indigna algo que sin duda fue muy valioso para su dueño, es un aviso de que todo aquello que poseemos tarde o temprano será de otros. Borges decía que las cosas durarán más allá de nuestro olvido; no sabrán nunca que nos hemos ido. 

El maletín del señor R.d.M.

El maletín estaba cubierto de pegatinas de hoteles y cruceros de principios del siglo XX. Una época en la que viajar por puro placer era privilegio de pocos. Personas afortunadas que tenían tiempo y dinero para subir a trenes con vagones equipados por Wagons-Lits o embarcarse en los primeros vuelos comerciales. Que hacían escapadas en cabriolés italianos y desaparecían varias semanas a bordo de lujosos cruceros. Hoteles distinguidos. Destinos exóticos.

Su historia merece ser contada. Y quizás el mejor libro que yo conozca sea World Tour: Vintage Hotel Labels from the Collection of Gaston-Louis Vuitton. Publicado por Abrams de Nueva York en una cuidada edición. Contiene un tercio de las más de tres mil que el nieto del fundador de la marca, coleccionó en su infinito viajar. Seleccionadas con mimo por la escritora chilena Francisca Mattéoli, se agrupan en torno a veintiún destinos. Vienen acompañadas de textos, fotografías, ilustraciones, documentos y citas.

World Tour

Su origen es incierto. A mediados del siglo XIX, los hoteles solían encargar grabados que mostraban el edificio sobre un fondo blanco. Se enmarcaban y colgaban en las paredes. La ilustración se usaba en facturas, papelería o tarjetas de visita. Algunos viajeros recortaban el membrete y lo pegaban en la maleta como recuerdo. Quizás la avispada dirección de un hotel vislumbró una oportunidad de promocionar el negocio.

Alrededor de 1870 aparecen las primeras. Coincidiendo con los viajes organizados para turistas opulentos. Empezaba una nueva industria que pronto transformaría el mundo y la economía de muchos países. Se hicieron muy populares. Ya a finales del XIX casi todos los hoteles las daban o pegaban en las maletas de sus huéspedes.

Eran un potente artefacto de comunicación y marketing. Buscaban provocar lo que los alemanes llaman Fernweh (nostalgia de sitios lejanos). Despertar deseo o curiosidad en los demás. Para el viajero, revivir un momento y un lugar. Soñar con volver. También eran un símbolo de estatus. Mostraban qué clase de persona se era. Louis-Vuitton usaba un eslogan en los años 20 que decía “Enséñame tu equipaje y te diré quién eres”.

A través de ellas, asistimos la evolución del diseño gráfico occidental. Se adaptaban a las corrientes del momento. Sus formas, colores y tipografías cuentan el auge y caída de los distintos estilos: Art Nouveau, Art Déco, Futurismo Italiano o Modernismo Suizo.

Se sabe muy poco de los diseñadores de estas pegatinas, que luego darían lugar a postales ilustradas y carteles litográficos. Los trabajos no llevaban firma. Quizás porque no lo consideraban digno de un artista de verdad. Sí que conocemos las imprentas de donde salieron. Algunas muy célebres: Boutillier en Paris, Prell Füssli en Zurich o G. Ricordi & C. en Milán. En Nápoles estaba el taller de Richter & Co. Allí trabajaba Mario Borgoni, del que sí conocemos algo más. Su estilo era tan reconocible que en otros países los hoteles encargaban a sus imprentas locales diseños “estilo Richter”.

1936 marca el fin del periodo clásico. La aparición de las primeras vacaciones pagadas para trabajadores en Francia inician el turismo de masas y bajo coste. Los hoteles baratos empiezan a crear las suyas, mucho más desenfadadas. Cualquiera podía tener una maleta con pegatinas. Comienza la era del souvenir, la fotografía de vacaciones y las postales. Tras la guerra, en los años 50 se viajaba ya con menos equipaje. Los materiales cambian. En las nuevas superficies sintéticas resulta más difícil pegar algo que permanezca en su sitio.

Nadie lleva ya pegatinas en sus maletas. El selfi geolocalizado es el símbolo de estatus de nuestro tiempo.

En el amargo pozo de las cosas pasadas, todavía encontramos flotando un fósil viviente: el pasaporte. La mayoría de países descuida mucho su diseño (y el de los cuños de entrada y salida), pero hay algunos muy bellos. Pronto desaparecerán. Son el último vestigio de una época.

Siempre imaginé a R.d.M. pegando orgulloso las pegatinas tras un viaje. Décadas después, los hoteles que visitó aún siguen operativos: Excelsior (San Remo), Universo (Roma), Nevada Palace (Granada), De La Paix (Niza), Sant Gothard (Berna) y Saturnia (Venecia). Una de ellas, fechada en agosto de 1959, es de un crucero nada menos que a bordo del Monte Umbe. Legendario barco de la naviera bilbaína Aznar con un trepidante historial de inmigración, rutas imposibles y contrabando.

El maletín tiene en el asa una etiqueta con las señas de R.d.M (nombre completo y dirección). Si los milagros que a veces ocurren en Internet permiten que alguno de sus descendientes o familiares lea esto y quiera recuperarlo, será un placer poder devolverlo.

[bola extra]

La Biblioteca Nacional mantiene un magnífico archivo de etiquetas de hoteles y balnearios españoles. A través de ellas, podemos pasear por la historia del diseño gráfico nacional. Tampoco aquí encontramos el nombre de sus autores.
Nota: Hay que poner “etiquetas de hoteles” en su buscador.

Más posts de libros en nitroglicerine.

 

Alan, Colin y Bob

La guerra ha terminado. La sociedad inglesa recupera poco a poco la normalidad. Estamos a principios de los 60. John Lewis, en su despacho de Londres, trabaja en un encargo para la editorial Studio Vista. La misión: acercar a la sociedad disciplinas complejas como son el arte, diseño y arquitectura. La solución: lanzar una serie de manuales iniciáticos dirigidos al gran público.

Lewis empieza a tomar decisiones. Los libros no deben intimidar. Serán baratos (tapa blanda), breves (menos de cien páginas), inteligibles (sin lenguaje enrevesado), fáciles de conseguir (buena distribución). Atractivos. Entretenidos. Optimistas pero realistas. Con el deber de enseñar muy bien el concepto que traten. Han de ser atemporales y a la vez cápsula de su propio tiempo.

Encontrar quien los escriba resulta lo más arduo. Sin buenos autores todo será un fracaso. Lewis persuade a nombres consagrados pero también quiere dar voz a talentos emergentes. 

La serie es un éxito. Centenares de miles de copias vendidas. La métrica más importante: influenciaron y enseñaron a toda una generación.

Graphic Design: visual comparisons

Graphic design: visual comparisons forma parte de la serie. Se publicó en 1963.

Lewis se lo encargó a unos entonces semi desconocidos Alan Fletcher, Colin Forbes y Bob Gill. Los tres tenían una modesta oficina y empezaban a despuntar con trabajos para Pirelli, Penguin Books u Olivetti. En los 70 fundarían uno de los estudios de diseño más importantes e influyentes de la historia, Pentagram. Sus valores, cincuenta años después, siguen intactos: Una cooperativa más que una empresa, donde los socios se encargan de ejecutar personalmente los proyectos y tratar con los clientes. Es el único estudio de su tamaño e importancia que aún sigue independiente. Resulta inaudito en estos tiempos convulsos de adquisiciones y fusiones.

Graphic Design: visual comparisons

Confrontando trabajos de los mejores diseñadores del momento, de manera magistral, trataban de defender una tesis que es el hilo conductor. Dado un problema, este tiene infinitas soluciones y muchas de ellas son válidas. No hay una única manera de resolver las cosas. El secreto está en el corazón del problema. Un diseñador ha de ser libre y no estar sujeto a modas, reglas o técnicas.

Graphic Design: visual comparisons

El prefacio que abre el libro, es uno de los más bellos textos que yo haya leído sobre diseñar. Es absolutamente atemporal. Una clase magistral. Aplicable a cualquier actividad creativa. Cumple con todo lo que Lewis pidió. Es imposible decir más en menos.

Me he tomado la molestia de copiarlo. Merece ser leído despacio.

We were asked to write a book on graphics, but unfortunately we are not writers. We felt we could best express our opinions with illustrations than theory.

The vast majority of advertisements, posters, television commercials, booklets and other printed matter clutter our environment and insult our intelligence.

And besides, they are so monumentally boring.

There are, however, some designers even clients who insist that the public deserve and will respond to much higher standards in graphic. They are convinced, as Charlie Chaplin was convinced, that the best way to entertain the public is first to entertain oneself.

Our thesis is that any one visual problem has an infinite number of solutions; that many of them are valid; that solutions ought to derive from the subject matter; that the designer should therefore have no preconceived graphic style.

To demonstrate this we have selected a number of solutions to advertising and communication problems that are efficient and imaginative.

We have paired contrasting or complementary solutions to similar problems; we hope that these juxtapositions will stimulate students and professionals, if only to disagree with them.

Several considerations have limited our selection. Designs which required a large format, or used specific colour not available in this book, or those which were technically difficult to reproduce, had to omitted. We also had to eliminate many brilliant examples for which we could not find an opposite number. With few exceptions we have chosen recent work so that this book will also reflect the climate of the sixties. 

The credits, which are listed at the end of the book, presented a problem. One tends to give either too much or too little information in a project of this kind. We have given credits to the problem, to the individual or individuals who actually solved the problem, and to the client. 

The designers represented in this collection do not belong to any one school. They work in America, France, Germany, Holland, Iceland, Italy, Poland, Sweden, Switzerland and the United Kingdom. They do have, however, some ideas in common.

Although most of them have done well in their profession, they believe that design is not a business but a way of life.

Unlike painters who should have a personal handwriting, designers are often anonymous, but their work still achieves a vivid personality. Their identity is maintained by a consistently high standard of problem solving rather than by a consistent technique or style.

Of course there are always some impossible clients, but they know that the ultimate responsibility for a bad job rests with the designer and not with the client, however hardheaded and obstreperous. After all, they reason, there are many ways to solve a graphic problem. If one solution is rejected, another must be found.

Each job they do represents a search for new methods of making ideas and images come alive on the printed page; they have enquiring minds and they are not afraid to make mistakes.

They know their craft and use the technology of the graphic arts creatively, rather than be subdued by it. But above all, they never limit themselves to current tastes, or to formal rules of layout, typography and colour.

London, 1963.

Alan Fletcher, Colin Forbes, Bob Gill

Bola extra: Cualquier libro de la serie merece la pena. Todos son maravillosos. Todos tienen prefacios igual de buenos también. Si te topas con uno, cómpralo sin dudar si te va a gustar o no.

Por citar solo algunos: Typography: basic principles (John Lewis), Graphics handbook (Ken Garland), Architecture: a landscape (Peter Cook), Signs in action (James Sutton), Television Graphics (Roy Laughton)…..

Alan Fletcher falleció en 2006, dejando un inmenso legado.

Colin Forbes vive. Hasta donde yo sé, está retirado.

Bob Gill, nonagenario, sigue en activo. Siempre he admirado estas carreras tan longevas. Escribe y da conferencias. Esta entrevista de 2015 en It’s nice that es una buena prueba. (Incluye fotos de su espacio de trabajo).

 

EE.UU. y el Nachkriegsboom

De 1945 a 1973 se produjo el mayor crecimiento económico de la historia. Fue una anomalía. Algo que quizá nunca vuelva a ocurrir. Los académicos lo llaman Nachkriegsboom. La época dorada del capitalismo.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se erigió como la gran potencia. Instauró una pax americana mediante un hardware (asumiendo el mando del poder militar de Occidente creando la OTAN) y un software (acuerdos de Bretton Woods).

No hay mejor testigo de ese tiempo de prosperidad y progreso que las páginas del Reader’s Digest. Esos años que el primer ministro británico Harold Macmillan resumió en una frase lapidaria: “Jamás os ha ido tan bien”.

Selecciones del Reader's Digest

DeWitt Wallace fundó la revista en 1922 mientras se recuperaba de las heridas sufridas en la Primera Guerra Mundial. Ya entonces la sociedad se enfrentaba, como hoy, a una saturación de contenidos y poco tiempo para disfrutarlos. Era la época dorada de los periódicos y las revistas ilustradas.

Wallace tuvo la genial idea de crear una que recopilara los mejores artículos de otras publicaciones, resumiéndolos incluso si eran muy largos. Sería el equivalente a una newsletter de hoy en día. En aquellos años, la población de Estados Unidos era eminentemente rural con poco o nulo acceso a la cornucopia de contenidos disponibles en los kioskos de las grandes capitales. Con la radio y televisión todavía desplegándose, estar suscrito al Reader’s Digest era tener una ventana al mundo.

En cierto modo, la historia es muy parecida a la de Netflix. Ambos nacieron con el mismo modelo de negocio (suscripción), redistribuyendo en formato físico contenidos de otros (revistas en un caso, DVDs en el otro), para con el tiempo generarlos por cuenta propia. Incluso encargándoselos a los mejores autores del momento.

La revista fue un éxito instantáneo que acabó convirtiéndose en fenómeno global. En su apogeo era la más leída en el mundo, haciendo multimillonarios a Wallace y a Lila Bell, su mujer y parte importantísima de la compañía. La empresa no sabía qué hacer con tanto dinero. Destinaron gran parte a la filantropía y a cuidar a sus empleados, que llegaron a ser tres mil quinientos. Muchos de los beneficios que tenían los trabajadores harían palidecer a muchas startups de Silicon Valley.

Se llegó a editar en más de setenta países, con cuarenta y nueve ediciones en veintiún idiomas, incluido el braille. En español apareció en diciembre de 1940. Al mando estaba el colombiano Jorge Cárdenas Nanneti y la sede se estableció en el barrio del Vedado en La Habana, Cuba. El reto que tenían por delante era titánico: lograr una única traducción que fuera inteligible por todos los hispanohablantes.

Lo consiguieron. El resultado bien podría merecer el título de “español internacional”. Es de una perfección, elegancia y sutileza admirables. Un festín para los amantes de la lengua. No fue fruto del azar. Nanneti y su equipo diseñaron un sistema que pudiera ser utilizado cuando ellos ya no estuvieran. Dotó de coherencia, estructura y estilo durante décadas a los contenidos. También sentían el deber moral de hacer frente a la amenaza que suponía el inglés como idoma global. Consiguieron meter un profesor de español en cada hogar.

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La revista podía ser leída por toda la familia. Tenía un cómodo formato de bolsillo y era ilustrada. La calidad de la impresión, maquetación y encuadernación eran notables. Sus páginas mostraban el progreso y prosperidad de la sociedad estadounidense, su influencia creciente en el mundo. El tono editorial era conservador, amable y paternalista, con cierta moralina.

Cada número contenía treinta artículos, pensado para leer uno al día durante el mes. Las secciones fijas forman parte del acervo de sus lectores: “Así es la vida”, “La risa remedio infalible”, “Citas citables”, “Mi personaje inolvidable”, “Enriquezca su vocabulario”, “Instantáneas personales”

Los artículos siempre tenían un título muy potente y atractivo.  Se agrupaban en cuatro tipologías:

  • Progreso y superioridad norteamericana: “Lo que América debe a las gallinas”, “Por qué son necesarias las pruebas nucleares”.
  • Morales o religiosos: “Un hogar construido a base de oraciones”, “El corazón de un extraño”.
  • Testimonios personales: “He mandado a mi padre a un asilo”, “La forja de un cirujano”.
  • En clave de humor: “La siniestra vida de un zurdo”, “La vaca Elsie, una gran actriz”.

Otro placer de estos pequeños libros es asistir a la evolución de la publicidad. Un auténtico curso de márketing y diseño gráfico. Con probabilidad muchas de estas páginas fueron creadas por estudios o freelances de Madison Avenue en Nueva York, tan bien retratados en Mad Men.

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La revista se sigue editando hoy en día y aún se puede comprar en los kioscos. Aunque ya poco tiene que ver con el espíritu inicial de su época gloriosa. Tras morir el matrimonio Wallace, fue pasando por las manos de varios fondos de inversión que destrozaron la cultura de la empresa. La televisión, radio, cine e Internet hicieron el resto.

Bola extra:

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No todo eran jardines con begonias. Mucha gente no fue invitada a la fiesta. En las ciudades americanas existían personas y acontecían visicitudes que jamás aparecían en las páginas del Reader’s Digest.

Numerosos autores dieron cuenta de esa realidad paralela. Desde Upton Sinclair con The Jungle a James Baldwin con Go tell it on the mountain. Recomiendo aparte dos libros más:

  • The lost weekend (Charles R. Jackson, 1944). Ambientado en el Manhattan de entre guerras. Quizás uno de los mejores retratos del sinsentido de la vida en una gran ciudad de la clase media urbana, con el alcoholismo como telón de fondo.
  • The man with the golden arm (Nelson Algren, 1949). La bajada a los infiernos de un adicto a la heroína en los tugurios y callejones del Chicago de los años 40.

Ambas fueron llevadas al cine con gran éxito convirtiéndose en clásicos. La primera por Billy Wilder (The Lost Weekend, 1945), una de sus películas negras con la memorable banda sonora de Miklós Rósza, quizás la primera vez que se escuchó un Theremin en un cine. Y la segunda por Otto Preminger (The man with the golden arm, 1955) con los vanguardistas títulos de Saul Bass.

Son grandes obras y hacen justicia a los originales. Pero los libros son aún más crudos y contienen muchos más matices que no fueron incluidos.

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Einstein: de iconoclasta a icono

Albert Einstein

A finales del siglo XIX, existía la sensación de que las aguas de la física por fin se habían calmado. La teoría de la gravitación universal de Newton, la mecánica de Lagrange y la unificación del electromagnetismo de Maxwell, parecían explicar por fin cómo funcionaba el universo.

De repente, un tal Albert Einstein se lanzó a esa piscina de belleza y perfección matemática. Desde las alturas del trampolín de su genio, con las rodillas bien altas abrazadas al pecho, sobresaltó y salpicó a todos los que tomaban con placidez el sol. Cien años después seguimos mojados y chorreantes. Mirando con impotencia de nuevo las aguas revueltas desbordadas. Aún tratamos de entender qué ha pasado.

Fueron unos años increíbles. The Waste Land y Ulysses cambiaron poesía y  literatura para siempre. Les demoiselles d’Avignon desgarraba las carnes de la pintura. En 1905, siendo un desconocido de veintiséis años, Einstein publicó cuatro artículos en Annalen der Physik que revolucionaron la física. Un wunderjahr jamás igualado. Por uno de ellos, recibiría más adelante en 1921 el premio Nobel. Eliot, Joyce, Picasso, Einstein, inspiraron a muchos otros a tener una actitud cuestionadora ante lo imperante.

Es notable que todos ellos son ejemplos de creación individual. Genios solitarios casi siempre intentando satisfacer una obsesión.

Albert Einstein

En 1915 formuló la Teoría de la Relatividad General. Una mirada nueva y revolucionaria sobre el universo. Dinamitó las bases de dos siglos de pensamiento basado en las leyes de Newton. Tenía sólo treinta y seis años.

Einstein pasó de ser un trabajador modesto y anónimo de la oficina de patentes de Berna, que por las tardes daba clases particulares de matemáticas a estudiantes de instituto, a que las más prestigiosas organizaciones y universidades se lo disputaran. Este ascenso le llevó a ser miembro de la academia prusiana de ciencias de Berlin, entonces la más prestigiosa del mundo. También a catedrático de su universidad. Vivió allí casi veinte años. Viajó mucho dando charlas, asistiendo a congresos, debatiendo allá donde le llamaran. Se convirtió en toda una celebridad en círculos académicos y científicos. Fue objeto de agrias y acaloradas discusiones debido a lo vanguardista de sus planteamientos. Pasó a ser conocidísimo también para el gran público a partir de 1919 cuando un eclipse de sol demostraba en directo de manera espectacular sus teorías. En el apogeo de su fama, conoció a Charles Chaplin. La gente al verlos aplaudía enfervorizada y Chaplin le dijo a Einstein: “A mí me aplauden porque todos me entienden y a usted le aplauden porque nadie le entiende”.

Einstein tenía una inmensa aversión a la autoridad y el orden establecido. Durante la primera mitad de su vida fue un iconoclasta. Un rebelde irreverente que hizo tambalear todo lo que se puso a su alcance. Sin embargo, en su madurez se convirtió justo en lo contrario: un icono.

Conferencia de Solvay 1927

Si la Teoría de la Relatividad fue hija de un lobo solitario — “no estoy hecho para pedalear en un tándem ni trabajar en equipo […] porque sé bien que, para alcanzar un fin concreto, es preciso que sea uno solo el que piense y dé instrucciones”. —, la Mecánica Cuántica surgió de un descomunal esfuerzo colectivo. Decenas de científicos de todas partes del mundo colaboraban intercambiando datos. Se compartían conocimientos, teorías y resultados.

Algo no iba bien. Bohr, Heisenberg, Born, von Neumann… se dieron cuenta de que la teoría de Einstein no parecía explicar del todo lo que estaban descubriendo.

Siendo un determinista feroz, los fenómenos aleatorios de la mecánica cuántica dejaron a Einstein anonadado. A pesar de que su artículo de 1905 sobre el efecto fotoeléctrico contribuyó al desarrollo de la nueva disciplina, siempre la trató con condescendencia. Desde lo alto de una torre de marfil, las voces de otros se perciben como un suave rumor lejano e ininteligible.  Él mismo pareció darse cuenta de que se había convertido en algo que había odiado toda su vida, afirmando en una ocasión que: “Para castigarme por mi desprecio a la autoridad, el destino me ha convertido en autoridad a mí mismo.”

Einstein en Princeton

Tras huir del nazismo y establecerse como celebrity en la Universidad de Princeton, pasó sus últimos treinta años enfrascado en una pelea estéril. Trató de buscar el santo grial en una teoría que integrara todas las fuerzas de la naturaleza. Jamás lo consiguió. Bien es cierto, que tampoco hasta hoy lo ha conseguido nadie y existen serias dudas de que algo así sea posible. Resulta paradójico pensar que no publicara nada científicamente relevante en tres décadas.

Einstein murió en Princeton en 1955. A veces olvidamos que tras el científico y personaje público había una persona. Alguien que tuvo una vida azarosa en unos tiempos convulsos.  Vivió siempre de manera sencilla y humilde. Su genialidad científica era equiparable a su miopía emocional. Tenía una actitud distante y abstraída. Hizo daño y trató con desdén a muchas personas, incluyendo hijos y esposas. Era frío y dulce a la vez.  Nos dejó cientos de aforismos, anécdotas y cartas preciosas. Trabajó y viajó sin descanso pero también sabía disfrutar de la vida.  Fue coquetón y picaruelo con las mujeres. También fue un gran amante de la navegación lacustre y marina.

Einstein navegando

No dejó de trabajar en ningún momento. El día de su muerte, Ralph Morse corrió a fotografiar su desordenada mesa de trabajo en el Institute for Advanced Study de la Universidad de Princeton. Nos dan muchas pistas de su persona, y también deja una enorme sensación de vacío del estilo de los desaparecidos budas de Bamiyan.

Mesa de Einstein

Escritorio de Einstein

Bolas extra:

Puede que no se haya escrito más sobre un científico que de Einstein. La cantidad de material  disponible es abrumadora. Aún así me gustaría recomendar algunas cosas que, creo, resultan poco conocidas.

  • Copenhagen (Michael Frayn) Obra de teatro, sin Einstein de protagonista, pero presente siempre. Representa el famoso encuentro en 1941 entre los físicos Niels Bohr (maestro, danés) y Werner Heisenberg (discípulo, alemán). Enfrentados por los distintos intereses en la guerra de sus países en la Segunda Guerra Mundial. La obra trata el problema ético de cómo los avances de la física teórica pueden ser utilizados para fines armamentísticos. Aquí está el trailer.

Y por último:

Driving Mr. Albert

  • Driving Mr. Albert (Michael Paterniti) Al morir Einstein en 1955, se le practicó la autopsia. Thomas Harvey fue el forense encargado. Sin embargo, hizo algo terrible. Guardó el cerebro de Einstein en un frasco y devolvió el cuerpo a la familia para el entierro sin decir nada. Durante años estuvo estudiándolo e incluso vendiendo partes al mejor postor. Mucho tiempo después, ya muy mayor, con el peso de la culpa mordiéndole las tripas decidió contarlo todo y trató de devolver el cerebro a los descendientes. El periodista Michael Paterniti acompañó en un viejo Cadillac a Harvey, cruzando EE.UU. de punta a punta con el cerebro en el maletero para dárselo a la nieta de Einstein, Evelyn. El libro cuenta este viaje.
 

guerra en siluetas

Ruben Pater ha hecho un póster con las siluetas de los drones protagonistas en las guerras asimétricas actuales: Drone Survival Guide. Es un curioso artefacto visual. Más cerca de una obra conceptual que de la utilidad que pretende (el reverso, contiene instrucciones en varios idiomas para protegerse del ataque de un dron).

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Vivir en un Londres, Birmingham, Dresde o Wesel a principios de los años 40 no era ningún ejercicio de diseño.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los bombardeos indiscriminados contra ciudades contaban con la ventaja de la sorpresa. Entonces, los radares no tenían capacidad de distinguir si un avión era amigo o enemigo. Mientras la inteligencia militar e industrial de ambos bandos se afanaba en resolver la situación, se llegó a la misma solución de guerrilla dirigida a la población civil.

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En Inglaterra y Alemania se distribuyeron libros de siluetas de aviones en ediciones baratas, manejables, fáciles de entender. Se pretendía enseñar a escudriñar los cielos. Así, cualquiera se convertía en un sistema de alerta temprana pudiendo ganar algo de tiempo para salvar la vida propia o la de muchos.

Mostraban a los aviones desde varios ángulos, teniendo en cuenta el punto de vista de un observador terrestre. Hacían hincapié en describir características que permitieran identificar a qué fuerza aérea pertenecían, el tipo de avión y su función.

Por definición, una silueta no es más que la sombra de un objeto. Carece de atributos. Dada la distancia entre el observador y el avión, resulta evidente su elección como sistema de representación. Aun así, se solían incluir fotografías, por si se pudieran captar más detalles. Son un claro ejemplo de los beneficios de un buen diseño de información.

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Nunca sabremos cuántas vidas ayudaron a salvar estos pequeños libros. Son el legado que nos dejaron anónimos diseñadores, tipógrafos e impresores;  trabajando bajo presión y condiciones terribles en una de las peores épocas de la humanidad.

Bolas extra: